Juan
Rulfo
PEDRO
PÁRAMO
Vine a Comala porque me
dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi
madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en
cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que
lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de
prometerlo todo. "No dejes de ir a visitarlo -me
recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy
segura de que le dar gusto conocerte." Entonces no pude
hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto
decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis
manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo
obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos
tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no
pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a
llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de
este modo se me fue formando un mundo alrededor de la
esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el
marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
Era ese tiempo
de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente,
envenenado por el olor podrido de la saponarias.
El camino subía y bajaba: "Sube o baja según se va o
se viene. Para el que va, sube; para él que viene,
baja."
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá
abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿ Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi
madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre
vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero
jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos
con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para
ver: "Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la
vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el
maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la
tierra, iluminándola durante la noche." Y su voz era
secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi
madre.
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? -oí que
me preguntaban.
-Voy a ver a mi padre contesté.
-¡Ah! - dijo él.
Y volvimos al silencio.
Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los
burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la
canícula de agosto.
-Bonita fiesta le va a armar -volví a oír la voz del que
iba allí a mi lado-. Se pondrá contento de ver a alguien
después de tantos años que nadie viene por aquí.
Luego añadió:
-Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna
transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un
horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y
todavía más adelante, la más remota lejanía.
-¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
-No lo conozco -le dije-. Sólo sé que se llama Pedro
Páramo.
-¡Ah!, vaya.
-Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el "¡ah!" del arriero.
Me había topado con él en Los Encuentros, donde se
cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta
que al fin apareció este hombre.
-¿A dónde va usted? -le pregunté.
-Voy para abajo, señor.
-¿Conoce un lugar llamado Comala?
-Para allá mismo voy.
Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso,
hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía disminuyó
la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados
que casi nos tocábamos los hombros.
-Yo también soy hijo de Pedro Páramo -me dijo.
Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío,
haciendo cuar, cuar, cuar.
Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más.
Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos
hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar
como en espera de algo.
-Hace calor aquí -dije.
-Sí, y esto no es nada me contestó el otro-. Cálmese. Ya
lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello
está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del
infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren,
al llegar al infierno regresan por su cobija.
-¿ Conoce usted a Pedro Páramo? - le pregunté.
Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de
confianza.
-¿Quién es? -volví a preguntar.
-Un rencor vivo -me contestó él.
Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que
los burros iban mucho más adelante de nosotros,
encarrerados por la bajada.
Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la
camisa, calentándome el corazón, como si ella también
sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero
fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado
en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de
yerbas: hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de
ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre
siempre fue enemiga de retratarse. Decía que los retratos
eran cosa de brujería. Y así parecía ser.; porque el suyo
estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del
corazón tenía uno muy grande, donde bien podía caber el
dedo del corazón.
Es el mismo que traigo aquí, pensando que podría dar buen
resultado para que mi padre me reconociera.
-Mire usted -me dice el arriero, deteniéndose- ¿Ve aquella
loma que parece vejiga de puerco? Pues detrasito de ella
está la Media Luna. Ahora voltié para allá. ¿Ve la ceja
de aquel cerro? Véala. Y ahora voltié para este otro
rumbo. ¿Ve la otra ceja que casi no se ve de lo lejos que
está? Bueno, pues eso es la Media Luna de punta a cabo.
Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar con la
mirada. Y es de él todo ese terrenal. El caso es que
nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos
hijos de Pedro Páramo. Y lo más chistoso es que él nos
llevó a bautizar. Con usted debe haber pasado lo mismo, ¿
no ?
-No me acuerdo.
-¡Váyase mucho al carajo !
-¿Qué dice usted ?
-Que ya estamos llegando, señor.
-Sí, ya lo veo. ¿ Qué paso por aquí ?
-Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros.
-No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como
si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie .
-No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
-¿ Y Pedro Páramo ?
-Pedro Páramo murió hace muchos años.
Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos
los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aun
las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.
Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta
misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas
rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se
desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados,
mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían
teñirse de azul en el cielo del atardecer.
Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis
pisadas sobre las piedras redondas con que estaban
empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su
sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del
atardecer.
Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas
vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba. ¿
Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba ?
" La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que
se vaya la gente para invadir las casas. Así las verá
usted. "
Al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo
que desapareció como si no existiera. Después volvieron a
moverse mis pasos y mis ojos siguieron asomándose al
agujero de las puertas. Hasta que nuevamente la mujer del
rebozo se cruzó frente a mí.
-¡Buenas noches! -me dijo.
La seguí con la mirada. Le grité:
-¿Dónde vive doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
-Allá. La casa que está junto al puente.
Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas, que
su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y
destrababa al hablar, y que sus ojos eran como todos los
ojos de la gente que vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió a darme las buenas noches. Y aunque no había niños
jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo
vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era
porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez
porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.
De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían
mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de lo
que me había dicho mi madre: "Allá me oirás mejor.
Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz
de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez
la muerte ha tenido alguna voz." Mi madre. . . la viva.
Hubiera querido decirle: " Te equivocaste de domicilio.
Me diste una dirección mal dada. Me mandaste al ¿dónde es
esto y dónde es aquello? A un pueblo solitario. Buscando a
alguien que no existe. "
Llegué a la casa del puente orientándome por el sonar del
río. Toqué la puerta; pero en falso. Mi mano se sacudió
en el aire como si el aire la hubiera abierto. Una mujer
estaba allí. Me dijo:
-Pase usted. -Y entré.
Me había quedado en Comala. El arriero, que se siguió de
filo, me informó todavía antes de despedirse:
-Yo voy más allá , donde se ve la trabazón de los cerros.
Allá tengo mi casa. Si usted quiere venir, será
bienvenido. Ahora que si quiere quedarse aquí, ahí se lo
haiga;. Y me quedé. A eso venía.
-¿Dónde podré encontrar alojamiento? -le pregunté ya
casi a gritos.
-Busque a doña Eduviges, si es que todavía vive. Dígale
que va de mi parte.
-¿Y cómo se llama usted?
-Abundio -me contestó. Pero ya no alcancé a oír el
apellido.
-Soy Eduviges Dyada. Pase usted.
Parecía que me hubiera estado esperando. Tenía todo
dispuesto, según me dijo haciendo que la siguiera por una
larga serie de cuartos oscuros, al parecer desolados. Pero
no; porque, en cuanto me acostumbré a la oscuridad y al
delgado hilo de luz que nos seguía, vi crecer sombras a
ambos lados y sentí que íbamos caminando a través de un
angosto pasillo abierto entre bultos.
-¿ Qué es lo que hay aquí? -pregunté.
-Tiliches -me dijo ella -. Tengo la casa toda entilichada.
La escogieron para guardar sus muebles los que se fueron, y
nadie ha regresado por ellos. Pero el cuarto que le he
reservado está al fondo. Lo tengo siempre descombrado por
si alguien viene. ¿ De modo que usted es hijo de ella?
-¿De quién ? -respondí.
-De Doloritas.
-Sí ¿pero cómo lo sabe?
-Ella me avisó que usted vendría. Y hoy precisamente. Que
llegaría hoy.
-¿ Quién? ¿ Mi madre?
-Sí. Ella.
Yo no supe qué pensar. Ni ella me dejó en qué pensar:
-Éste es su cuarto -me dijo.
No tenía puertas, solamente aquélla por donde habíamos
entrado. Encendió la vela y lo vi vacío.
-Aquí no hay dónde acostarse le dije.
-No se preocupe por eso. Usted ha de venir cansado y el
sueño es muy buen colchón para el cansancio. Ya mañana le
arreglaré su cama. Como usted sabe, no es fácil ajuarear
las cosas en un dos por tres. Para eso hay que estar
prevenido, y la madre de usted no me avisó sino hasta
ahora.
-Mi madre -dije-, mi madre ya murió.
-Entonces ésa fue la causa de que su voz se oyera tan
débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia
muy larga para llegar hasta aquí. Ahora lo entiendo. ¿Y
cuánto hace que murió?
-Hace ya siete días.
-Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada. Nos
hicimos la promesa de morir juntas. De irnos las dos para
darnos ánimo una a la otra en el otro viaje, por si se
necesitara, por si acaso encontráramos alguna dificultad.
Éramos muy amigas. ¿Nunca le habló de mí?
-No, nunca.
-Me parece raro. Claro que entonces éramos unas chiquillas.
Y ella estaba apenas recién casada. Pero nos queríamos
mucho. Tu madre era tan bonita, tan, digamos, tan tierna,
que daba gusto quererla. ¿De modo que me lleva ventaja, no?
Pero ten la seguridad de que la alcanzaré. Sólo yo
entiendo lo lejos que está el cielo de nosotros; pero
conozco cómo acortar las veredas. Todo consiste en morir,
Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él lo
disponga. O, si tú quieres, forzarlo a disponer antes de
tiempo. Perdóname que te hable de tú; lo hago porque te
considero como mi hijo. Sí, muchas veces dije: "El
hijo de Dolores debió haber sido mío." Después te
diré por qué. Lo único que quiero decirte ahora es que
alcanzaré a tu madre en alguno de los caminos de la
eternidad.
Yo creía que aquella mujer estaba loca. Luego ya no creí
nada. Me sentí en un mundo lejano y me dejé arrastrar. Mi
cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había
soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como
si fuera de trapo.
-Estoy cansado -le dije.
-Ven a tomar antes algún bocado. Algo de algo. Cualquier
cosa.
-Iré. Iré después.
El agua que goteaba de las tejas hacia un agujero en la
arena del patio. Sonaba: plas, plas, y luego otra vez plas,
en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes
metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la
tormenta. Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas
del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa,
estampando la tierra con gotas brillantes que luego se
empañaban. Las gallinas, engarruñadas, como si durmieran,
sacudían de pronto sus alas y salían al patio, picoteando
de prisa atrapando las lombrices desenterradas por la
lluvia. Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las
piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la
tierra, jugaba con el aire de la mañana. -¿Qué, tanto
haces en el escusado, muchacho?
-Nada, mamá.
-Si sigues allí, va a salir una culebra y te va a morder.
-Si mamá.
"Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando
volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá
abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos
encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el
hilo de cáñamo arrastrado por el viento. 'Ayúdame,
Susana'. Y unas manos suaves se apretaban a nuestras manos.
'Suelta más hilo'.
"El aire nos hacía reír, juntaba la mirada de
nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos
detrás del viento, hasta que se rompía con un leve crujido
como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro.
Y allá arriba, él pájaro de papel caía en maromas
arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de
la tierra.
"Tus labios estaban mojados como si los hubiera besado
el rocío."
-Te he dicho que te salgas del escusado, muchacho.
-Sí, mamá. Ya voy.
"De ti me acordaba. Cuando tú estabas allí mirándome
con tus ojos de aguamarina."
Alzó la vista y miró a su madre en la puerta.
-¿Por qué tardas tanto en salir? ¿Qué haces aquí?
-Estoy pensando.
-¿Y no puedes hacerlo en otra parte? Es dañoso estar mucho
tiempo en el escusado. Además, debías de ocuparte en algo.
¿Por qué no vas con tu abuela a desgranar maíz?
-Ya voy, mamá. Ya voy.
-Abuela, vengo a ayudarte a desgranar maíz.
-Ya terminamos; pero vamos a hacer chocolate. ¿Dónde te
habías metido? Todo el rato que duró la tormenta te
anduvimos buscando.
-Estaba en el otro patio.
-¿Y qué estabas haciendo? ¿Rezando?
-No, abuela, solamente estaba viendo llover.
La abuela lo miró con aquellos ojos grises, medio
amarillos, que ella tenía y que parecían adivinar lo que
había dentro de uno.
-Vete, pues, a limpiar el molino.
" A centenares de metros, encima de todas las nubes,
más, mucho más allá de todo, estás escondida tú,
Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su
Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y
adonde no llegan mis palabras."
-Abuela, el molino no sirve, tiene el gusano roto.
-Esa Micaela ha de haber molido molcates en él. No se le
quita esa mala costumbre; pero en fin, ya no tiene remedio.
-¿ Por qué no compramos otro? Éste ya de tan viejo ni
servía.
-Dices bien. Aunque con los gastos que hicimos para enterrar
a tu abuelo y los diezmos que le hemos pagado a la Iglesia
nos hemos quedado sin un centavo. Sin embargo, haremos un
sacrificio y compraremos otro. Sería bueno que fueras a ver
a doña Inés Villalpando y le pidieras que nos lo fiara
para octubre. Se lo pagaremos en las cosechas.
-Si, abuela.
-Y de paso, para que
hagas el mandado completo, dile que nos empreste un cernidor
y una podadera; con lo crecidas que están las matas ya mero
se nos meten en las trasijaderas. Si yo tuviera mi casa
grande, con aquellos grandes corrales que tenía, no me
estaría quejando. Pero tu abuelo le jerró con venirse
aquí. Todo sea por Dios: nunca han de salir las cosas como
uno quiere. Dile a doña Inés que le pagaremos en las
cosechas todo lo que le debemos.
-Si, abuela.
Había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus
alas entre las flores del jazmín, que se caía de flores.
Se dio una vuelta por la repisa del Sagrado Corazón y
encontró veinticuatro centavos. Dejó los cuatro centavos y
tomó el veinte.
Antes de salir, su madre lo detuvo:
-¿Adónde vas?
-Con doña Inés Villalpando por un molino nuevo. El que
teníamos se quebró.
-Dile que te dé un metro de tafeta negra, como ésta -y le
dio la muestra-. Que lo cargue en nuestra cuenta.
-Muy bien, mamá.
-A tu regreso cómprame unas cafiaspirinas. En la maceta del
pasillo encontrarás dinero.
Encontró un peso. Dejó el veinte y agarró el peso.
"Ahora me sobrará dinero para lo que se ofrezca",
pensó.
-¡Pedro! -le gritaron-. ¡Pedro!
Pero él ya no oyó. Iba muy lejos.
Por la noche volvió a llover. Se estuvo oyendo el borbotar
del agua durante largo rato: luego se ha de haber dormido,
porque cuando despertó sólo se oía una llovizna callada.
Los vidrios de la ventana estaban opacos, y del otro lado
las gotas resbalaban en hilos gruesos como de lágrimas.
"Miraba caer las gotas iluminadas por los relámpagos,
y cada que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba,
pensaba en ti, Susana.
"La lluvia se convertía en brisa. Oyó: "El
perdón de los pecados y la resurrección de la carne.
Amén." Eso era acá adentro, donde unas mujeres
rezaban el final del rosario. Se levantaban; encerraban los
pájaros; atrancaban la puerta; apagaban la luz.
Sólo quedaba la luz de la noche, el siseo de la lluvia como
un murmullo de grillos...
-¿Por qué no has ido
a rezar el rosario? Estamos en el novenario de tu abuelo.
Allí estaba su madre en el umbral de la puerta, con una
vela en la mano. Su sombra descorrida hacía el techo,
larga, desdoblada. Y las vigas del techo la devolvían en
pedazos, despedazada.
-Me siento triste -dijo.
Entonces ella se dio vuelta. Apagó la llama de la vela.
Cerró la puerta y abrió sus sollozos, que se siguieron
oyendo confundidos con la lluvia.
El reloj de la iglesia dio las horas, una tras otra, una
tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo.
-Pues sí, yo estuve a punto de ser tu madre. ¿Nunca te
platicó ella nada de esto?
-No. Sólo me contaba cosas buenas. De usted vine a saber
por el arriero que me trajo hasta aquí un tal Abundio.
-El bueno de Abundio. ¿Así que todavía me recuerda? Yo le
daba sus propinas por cada pasajero que encaminara a mi
casa. Y a los dos nos iba bien. Ahora, desventuradamente,
los tiempos han cambiado, pues desde que esto está
empobrecido ya nadie se comunica con nosotros. ¿De modo que
él te recomendó que vinieras a verme?
-Me encargó que la buscara.
-No puedo; menos que agradecérselo. Fue buen hombre y muy
cumplido. Era quien nos acarreaba el correo, y lo siguió
haciendo todavía después que se quedó sordo. Me acuerdo
del desventurado día que le sucedió su desgracia. Todos
nos conmovimos porque todos lo queríamos. Nos llevaba y
traía cartas. Nos contaba cómo andaban las cosas allá del
otro lado del mundo, y seguramente a ellos les contaba cómo
andábamos nosotros. Era un gran platicador. Después ya no.
Dejó de hablar. Decía que no tenía sentido ponerse a
decir cosas que él no oía, que no le sonaban a nada, a las
que no les encontraba ningún sabor. Todo sucedió a raíz
de que le tronó muy cerca de la cabeza uno de esos
cohetones que usamos aquí para espantar las culebras de
agua. Desde entonces enmudeció, aunque no era mudo; pero,
eso sí, no se le acabó lo buena gente.
-Este de que le hablo oía bien.
-No debe ser él. Además, Abundio ya murió. Debe haber
muerto seguramente. ¿ Te das cuenta? Así que no puede ser
él.
-Estoy de acuerdo con usted.
-Bueno, volviendo a tu madre, te iba diciendo. . .
Sin dejar de oírla, me puse a mirar a la mujer que tenía
frente a mí. Pensé que debía haber pasado por años
difíciles. Su cara se transparentaba, como si no tuviera
sangre, y sus manos estaban marchitas; marchitas y apretadas
de arrugas. No se le veían los ojos. Llevaba un vestido
blanco muy antiguo, recargado de holanes, y del cuello,
enhilada en un cordón, le colgaba una María Santísima del
Refugio con un letrero que decía: "Refugio de
pecadores."
-. . .Ese sujeto de que te estoy hablando trabajaba como
"amansador" en la Media Luna; decía llamarse
Inocencio Osorio. Aunque todos lo conocíamos por el mal
nombre del Saltaperico por ser muy liviano y ágil para los
brincos. Mi compadre Pedro decía que estaba que ni mandado
a hacer para amansar potrillos; pero lo cierto es que él
tenía otro oficio: el de "provocador". Era
provocador de sueños. Eso es lo que era verdaderamente. Y a
tu madre la enredó como lo hacía con muchas. Entre otras,
conmigo. Una vez que me sentí enferma se presentó y me
dijo: "Te vengo a pulsear para que te alivies." Y
todo aquello consistía en que se soltaba sobándola a una,
primero en las yemas de los dedos, luego restregando las
manos; después los brazos, y acababa metiéndose con las
piernas de una, en frío, así que aquello al cabo de un
rato producía calentura. Y, mientras maniobraba, te hablaba
de tu futuro. Se ponía en trance, remolineaba los ojos
invocando y maldiciendo; llenándote de escupitajos como
hacen los gitanos. A veces se quedaba en cueros porque
decía que ése era nuestro deseo. Y a veces le atinaba;
picaba por tantos lados que con alguno tenía que dar.
"La cosa es que el tal Osorio le pronosticó a tu
madre, cuando fue a verlo, que 'esa noche no debía
repegarse a ningún hombre porque estaba brava la luna'.
"Dolores fue a decirme toda apurada que no podía. Que
simplemente se le hacía imposible acostarse esa noche con
Pedro Páramo. Era su noche de bodas. y ahí me tienes a mí
tratando de convencerla de que no se creyera del Osorio, que
por otra parte era un embaucador embustero.
"-No puedo -me dijo-. Anda tú por mí. No lo notará.
"Claro que yo era mucho más joven que ella. Y un poco
menos morena; pero esto ni se nota en lo oscuro.
"-No puede ser. Dolores, tienes que ir tú.
"-Hazme ese favor. Te lo pagaré con otros.
"Tu madre en ese tiempo era una muchachita de ojos
humildes. Si algo tenía bonito tu madre, eran los ojos. Y
sabían convencer.
"-Ve tú en mi lugar -me decía.
"Y fui.
" Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella no
sabía: y es que a mí también me gustaba Pedro Páramo.
"Me acosté con él, con gusto, con ganas. Me
atrinchilé a su cuerpo; pero el jolgorio del día anterior
lo había dejado rendido, así que se pasó la noche
roncando. Todo lo que hizo fue entreverar sus piernas entre
mis piernas.
"Antes que amaneciera me levanté y fui a ver a
Dolores. Le dije:
"-Ahora anda tú. Éste es ya otro día.
"-¿Qué te hizo? -me preguntó.
"-Todavía no lo sé -le contesté.
"Al año siguiente naciste tú; pero no de mí, aunque
estuvo en un pelo que así fuera.
"Quizá tu madre no te contó esto por vergüenza.
". . .Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte
con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde
con una lluvia de triples rizos. el color de la tierra, el
olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel
derramada..."
"Ella siempre odió a Pedro Páramo. '¡Doloritas! ¿Ya
ordenó que me preparen el desayuno?' Y tu madre se levanta
antes del amanecer. Prendía el nixtenco. Los gatos se
despertaban con el olor de la lumbre. Y ella iba de aquí
para allá, seguida por el rondín de gatos. '¡Doña
Doloritas!´
"¿Cuántas veces oyó tu madre aquel llamado? 'Doña
Doloritas', esto está frío. Esto no sirve. ¿Cuántas
veces? Y aunque estaba acostumbrada a pasar lo peor, sus
ojos humildes se endurecieron.
"...No sentir otro sabor sino el del azahar de los
naranjos en la tibieza del tiempo."
"Entonces comenzó a suspirar.
"-¿Por qué suspira usted, Doloritas?
"Yo lo había acompañado esa tarde. Está en mitad del
campo mirando pasar las parvadas de los tordos. Un zopilote
solitario se mecía en el cielo.
"-¿Por qué suspira usted, Doloritas?
"-Quisiera ser zopilote para volar a donde vive mi
hermana.
"-No faltaba más, doña Doloritas. Ahora mismo irá
usted a ver a su hermana. Regresemos. Que le preparen sus
maletas. No faltaba más.
"Y tu madre se fue:
"-Hasta luego, don Pedro.
"-¡Adiós!, Doloritas.
"Se fue de la Media Luna para siempre.
"Yo le pregunté muchos meses después a Pedro Páramo
por ella.
"-Quería más a su hermana que a mí. Allá debe estar
a gusto. Además ya me tenía enfadado. No pienso inquirir
por ella, si es eso lo que te preocupa.
"-¿Pero de qué vivirán?
"-Que Dios los asista.
". . . El abandono en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo
caro"
"Y así hasta ahora que ella me avisó que vendrías a
verme, no volvimos a saber más de ella."
-La de cosas que han pasado -le dije-. Vivíamos en Colima
arrimados a la tía Gertrudis, que nos echaba en cara
nuestra carga. "-¿Por qué no regresas con tu
marido?", le decía a mi madre.
"-¿Acaso él ha enviado por mí? No me voy si él no
me llama. Vine porque te quería ver. Porque te quería, por
eso vine.
"-Lo comprendo. Pero ya va siendo hora de que te vayas.
"-Si consistiera en mí."
Pensé que aquella mujer me estaba oyendo; pero noté que
tenía borneada la cabeza como si escuchara algún rumor
lejano. Luego dijo:
-¿Cuándo descansarás?
"El día que te fuiste entendí que no te volvería a
ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el
crepúsculo ensangrentado del cielo; Sonreías. Dejabas
atrás un pueblo del que muchas veces me dijiste: 'Lo quiero
por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por haber
nacido en él'. Pensé: 'No regresará jamás; no volverá
nunca.'"
-¿Qué haces aquí a estas horas? ¿No estás trabajando?
-No, abuela. Rogelio quiere que le cuide al niño. Me paso
paseándolo. Cuesta trabajo atender las dos cosas: al niño
y el telégrafo, mientras que él se vive tomando cervezas
en el billar. Además no me paga nada.
-No estás allí para ganar dinero, sino para aprender
cuando ya sepas algo, entonces podrás ser exigente. Por
ahora eres sólo un aprendiz; quizá mañana o pasado
llegues a ser tú el jefe. Pero para eso se necesita
paciencia y, más que nada, humildad. Si te ponen a pasear
al niño, hazlo, por el amor de Dios. Es necesario que te
resignes.
-Que se resignen otros, abuela, yo no estoy para
resignaciones.
-¡Tú y tus rarezas! Siento que te va a ir mal, Pedro
Páramo.
-¿Qué es lo que pasa, doña Eduviges?
Ella sacudió la cabeza como si despertara de un sueño.
-Es el caballo de Miguel Páramo, que galopa por el camino
de la Media Luna.
-¿Entonces vive alguien en la Media Luna?
-No, allí no vive nadie.
-¿Entonces?
-Solamente es el caballo que va y viene. Ellos eran
inseparables. Corre por todas partes buscándolo y siempre
regresa a estas horas. Quizá el pobre no puede con su
remordimiento. Cómo hasta los animales se dan cuenta de
cuando cometen un crimen, ¿no?
-No entiendo. Ni he oído ningún ruido de ningún caballo.
-¿No?
-No
-Entonces es cosa de mi sexto sentido. Un don que Dios me
dio; o tal vez sea una maldición. Sólo yo sé lo que he
sufrido a causa de esto.
Guardó silencio un rato y luego añadió:
-Todo comenzó con Miguel Páramo. Sólo yo supe lo que le
había pasado la noche que murió . Estaba yo acostada
cuando oí regresar su caballo rumbo a la Media Luna. Me
extrañó porque nunca volvía a esas horas. Siempre lo
hacía entrada la madrugada. Iba a platicar con su novia a
un pueblo llamado Contla, algo lejos de aquí. Salía
temprano y tardaba en volver. Pero esa noche no regresó. .
. ¿Lo oyes ahora? Está claro que se oye. Viene de regreso.
-No oigo nada
-Entonces es cosa mía. Bueno, como te estaba diciendo, eso
de que no regresó es un puro decir. No había acabado de
pasar su caballo cuando sentí que me tocaban por la
ventana. Ve tú a saber si fue ilusión mía. Lo cierto es
que algo me obligó a ir a ver quién era. Y era él, Miguel
Páramo. No me extrañó verlo, pues hubo un tiempo que se
pasaba las noches en mi casa durmiendo conmigo, hasta que
encontró esa muchacha que le sorbió los sesos.
"-¿Que pasó? -le dije a Miguel Páramo-. ¿Te dieron
calabazas?"
"-No. Ella me sigue queriendo -me dijo-. Lo que sucede
es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo.
Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que
Contla no existe. Fui más allá según mis cálculos, y no
encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me
comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala dirían
que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy."
"-No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate
que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día.
Acuérdate, Miguel Páramo. Tal vez te pusiste a hacer
locuras y eso ya es otra cosa.
-Sólo brinqué el lienzo de piedra que últimamente mandó
poner mi padre. Hice que el Colorado lo brincara para no ir
a dar ese rodeo tan largo que hay que hacer ahora para
encontrar el camino. Sé que lo brinqué y después seguí
corriendo; pero, como te digo, no había más que humo y
humo y humo."
"-Mañana tu padre se torcerá de dolor -le dije-. Lo
siento por él. Ahora vete y descansa en paz, Miguel. Te
agradezco que hayas venido a despedirte de mí.
"Y. cerré la ventana. Antes de que amaneciera un mozo
de la Media Luna vino a decir: -E1 patrón don Pedro le
suplica. E1 niño Miguel ha muerto. Le suplica su
compañía.
"-Ya lo sé -le dije-. ¿Te pidieron que lloraras?
"-Si, don Fulgor me dijo que se lo dijera llorando.
"-Está bien. Dile a don Pedro que allá iré. ¿Hace
mucho que lo trajeron?
"-No hace ni media hora. De ser antes, tal vez se
hubiera salvado. Aunque, según el doctor que lo palpó, ya
estaba frío desde tiempo atrás. Lo supimos porque el
Colorado volvió solo y se puso tan inquieto que no dejó
dormir a nadie. Usted sabe cómo se querían él y el
caballo, y hasta estoy por creer que el animal sufre más
que don Pedro. No ha comido ni dormido y nomás se vuelve un
puro corretear. Como que sabe, ¿sabe usted? Como que se
siente despedazado y carcomido por dentro.
"- No se te olvide cerrar la puerta cuando te vayas.
"Y el mozo de la Media Luna se fue."
-¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? - me
pregunté a mí.
-No, doña Eduviges.
-Más te vale.
En el hidrante las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida
de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye.
Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van
y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se
desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado.
"¡Despierta!", le dicen.
Reconoce el sonido de la voz. Trata de adivinar quién es;
pero el cuerpo se afloja y cae adormecido, aplastado por el
peso del sueño. Unas manos estiran las cobijas
prendiéndose de ellas, y debajo de su calor el cuerpo se
esconde buscando la paz.
"¡Despiértate!", vuelven a decir.
La voz sacude los hombros. Hace enderezar el cuerpo.
Entreabre los ojos. Se oyen las gotas de agua que caen del
hidrante sobre el cántaro raso. Se oyen pasos que se
arrastran. . . Y el llanto.
Entonces oyó el llanto. Eso lo despertó: un llanto suave,
delgado, que quizá por delgado pudo traspasar la maraña
del sueño, llegando hasta el lugar donde anidan los
sobresaltos.
Se levantó despacio y vio la cara de una mujer recostada
contra el marco de la puerta, oscurecida todavía por la
noche, sollozando.
-¿Por qué lloras, mamá? -preguntó, pues en cuanto puso
los pies en el suelo reconoció el rostro de su madre.
-Tu padre ha muerto -le dijo.
Y luego, como si se le hubieran soltado los resortes de su
pena, se dio vuelta sobre sí misma una y otra vez , una y
otra vez, hasta que una manos llegaron hasta sus hombros y
lograron detener el rebullir de su cuerpo.
Por la puerta se veía el amanecer en el cielo. No había
estrellas. Sólo un cielo plomizo, gris aún no aclarado por
la luminosidad del sol. Una luz parda, no como si fuera a
comenzar el día, sino como si apenas estuviera llegando el
principio de la noche.
Afuera, en el patio, los pasos, como de gente que ronda.
Ruidos callados. Y aquí, aquella mujer, de pie en el
umbral; su cuerpo impidiendo la llegada del día; dejando
asomar, a través de sus brazos, retazos de cielo, y debajo
de sus pies regueros de luz; una luz asperjada como si el
suelo debajo de ella estuviera anegando en lágrimas. Y
después el sollozo. Otra vez el llanto suave pero agudo, y
la pena haciendo retorcer su cuerpo.
-Han matado a tu padre.
-¿Y a ti quién te mató, madre?
"Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul
detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces
. . . Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros,
contra nuestro pesar.
"Pero no para ti, Miguel Páramo, que has muerto sin
perdón y no alcanzarás ninguna gracia.
"El padre Rentería dio vuelta al cuerpo y entregó la
misa al pasado. Se dio prisa por terminar pronto y salió
sin dar la bendición final a aquella gente que llenaba la
iglesia.
-¡Padre, queremos que nos lo bendiga!
-¡No! - dijo moviendo negativamente la cabeza. No lo haré.
Fue un mal hombre y no entrará al Reino de los Cielos. Dios
me tomará mal que interceda por él.
Lo decía, mientras trataba de retener sus manos para que no
enseñaran su temblor. Pero fue.
Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos. Estaba
sobre una tarima, en medio de la iglesia, rodeado de cirios
nuevos, de flores, de un padre que estaba detrás de él,
solo, esperando que terminara la velación.
El padre Rentería pasó junto a Pedro Páramo procurando no
rozarle los hombros. Levantó el hisopo con ademanes suaves
y roció el agua bendita de arriba abajo, mientras salía de
su boca un murmullo, que podía ser de oraciones. Después
se arrodilló y todo el mundo se arrodilló con él:
-Ten piedad de tu siervo, Señor.
-Que descanse en paz, amén -contestaron las voces.
Y cuando empezaba a llenarse nuevamente de cólera, vio que
todos abandonaban la iglesia llevándose el cadáver de
Miguel Páramo.
Pedro Páramo se acercó, arrodillándose a su lado:
-Yo sé que usted lo odiaba, padre. Y con razón. El
asesinato de su hermano, que según rumores fue cometido por
mi hijo, el caso de su sobrina Ana, violada por él según
el juicio de usted; las ofensas y falta de respeto que le
tuvo en ocasiones, son motivos que cualquiera puede admitir.
Pero olvídese ahora, padre. Considérelo y perdónelo como
quizá Dios lo haya perdonado.
Puso sobre el reclinatorio un puño de monedas de oro y se
levantó:
-Reciba eso como una limosna para su iglesia.
La iglesia estaba ya vacía. Dos hombres esperaban en la
puerta a Pedro Páramo, quien se juntó con ellos, y juntos
siguieron el féretro que aguardaba descansando sobre los
hombros de cuatro caporales de la Media Luna. El padre
Rentería recogió las monedas una por una y se acercó al
altar.
-Son tuyas -dijo-. Él puede comprar la salvación. Tú
sabes si éste es el precio. En cuanto a mí, Señor, me
pongo ante tus plantas para pedirle lo justo o lo injusto,
que todo nos es dado pedir ...
Por mí condénalo, Señor.
Y cerró el sagrario.
Entró en la sacristía, se echó en un rincón, y allí
lloró de pena y de tristeza hasta agotar sus lágrimas.
-Está bien, Señor, tú ganas -dijo después.
Durante la cena tomó su chocolate como todas las
noches. Se sentía tranquilo:
-Oye, Anita. ¿Sabes a quién enterraron hoy?
-No, tío.
-¿Te acuerdas de Miguel Páramo?
-Sí, tío.
-Pues a él.
Ana agachó la cabeza
-Estás segura de que él fue, ¿verdad?
-Segura no, tío. No le vi la cara. Me agarró de
noche y en lo oscuro.
-¿Entonces cómo supiste que era Miguel Páramo?
-Porque él me lo dijo: "Soy Miguel Páramo, Ana.
No te asustes." Eso me dijo.
-Pero sabías que era el autor de la muerte de tu
padre, ¿no?
-Sí, tío.
-¿Entonces qué hiciste para alejarlo?
-No hice nada.
Los dos guardaron silencio por un rato. Se oía el
aire tibio entre las hojas del arrayán.
-Me dijo que precisamente a eso venía: a pedirme
disculpas y a que yo lo perdonara. Sin moverme de la
cama le avisé: "La ventana está abierta." Y
él entró. Llegó abrazándome, como si ésa fuera la
forma de disculparse por lo que había hecho. Y yo le
sonreí. Pensé en lo que usted me había enseñado: que
nunca hay que odiar a nadie. Le sonreí para decírselo;
pero después pensé que él no pudo ver mi sonrisa,
porque yo no lo veía a él, por lo negra que estaba la
noche. Solamente lo sentí encima de mí y que comenzaba
a hacer cosas malas conmigo.
"Creí que me iba a matar. Eso fue lo que creí,
tío. Y hasta dejé de pensar para morirme antes de que
él me matara. Pero seguramente no se atrevió a
hacerlo.
"Lo supe cuando abrí los ojos y vi la luz de la
mañana que entraba por la ventana abierta. Antes de esa
hora, sentí que había dejado de existir."
-Pero debes tener alguna seguridad. La voz. ¿No lo
conociste por su voz?
-No lo conocía por nada. Sólo sabía que había
matado a mi padre. Nunca lo había visto y después no
lo llegué a ver. No hubiera podido, tío.
-Pero sabías quién era.
-Sí. Y qué cosa era. Sé que ahora debe estar en lo
mero hondo del infierno; porque así se lo he pedido a
todos los santos con todo mi fervor.
-No estés tan convencida de eso, hija. ¡Quién sabe
cuántos están rezando ahora por él! Tú estás sola.
Un ruego contra miles de ruegos. Y entre ellos, algunos
mucho más hondos que el tuyo, como es el de su padre.
Iba a decirle: "Además, yo le he dado el perdón."
Pero sólo lo pensó. No quiso maltratar el alma medio
quebrada de aquella muchacha. Antes, por el contrario,
la tomó del brazo y le dijo:
-Démosle gracias a Dios Nuestro Señor porque se lo
ha llevado de esta tierra donde causó tanto mal, no
importa que ahora lo tenga en su cielo.
Un caballo pasó al galope donde se cruza la calle
real con el camino de Contla. Nadie lo vio. Sin embargo,
una mujer que esperaba en las afueras del pueblo contó
que había visto el caballo corriendo con las piernas
dobladas como si se fuera a ir de bruces. Reconoció el
alazán de Miguel Páramo. Y hasta pensó: "Ese
animal se va a romper la cabeza.". Luego vio cuando
enderezaba el cuerpo y, sin aflojar la carrera, caminaba
con el pescuezo echado hacia atrás como si viniera
asustado por algo que había dejado allá atrás.
Esos chismes llegaron a la Media Luna la noche del
entierro, mientras los hombres descansaban de la larga
caminata que habían hecho hasta el panteón.
Platicaban, como se platica en todas partes, antes de ir
a dormir.
-A mí me dolió mucho ese muerto -dijo Terencio
Lubianes-. Todavía traigo adoloridos los hombros.
-Ya mí -dijo su hermano Ubillado-. Hasta se me
agrandaron los juanetes. Con eso de que el patrón quiso
que todos fuéramos de zapatos. Ni que hubiera sido día
de fiesta, ¿verdad, Toribio?
-Yo qué quieren que les diga. Pienso que se murió
muy a tiempo.
Al rato llegaron más chismes de Contla. Los trajo la
última carreta.
-Dicen que por allá anda el ánima. Lo han visto
tocando la ventana de fulanita. Igualito a él. De
chaparreras y todo.
-¿ Y usted cree que don Pedro con el genio que se
carga, iba a permitir que su hijo siga traficando
viejas? Ya me lo imagino si lo supiera: "Bueno -le
diría-. Tú ya estás muerto. Estáte quieto en tu
sepultura. Déjanos el negocio a nosotros." Y de
verlo por ahí, casi me las apuesto que lo mandaría de
nuevo al camposanto.
-Tienes razón, Isaías. Ese viejo no se anda con
cosas.
El carretero siguió su camino: "Como la supe, se
las endoso."
Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo
estuviera lloviznando lumbre.
-Miren nomás -dijo Terencio- el borlote que se traen
allá arriba.
-Es que le están celebrando su función al Miguelito
-terció Jesús.
-¿ No será mala señal?
-¿Para quién?
-Quizá tu hermana está nostálgica por su regreso.
-¿A quién le hablas?
-A ti.
-Mejor vámonos, muchachos. Hemos trafagueado mucho y
mañana hay que madrugar.
Y se disolvieron como sombras.
Había estrellas fugaces. Las luces en Comala se
apagaron.
Entonces el cielo se adueño de la noche.
El padre Rentería se revolcaba en su cama sin poder
dormir:
"Todo esto que sucede es por mi culpa -se dijo-.
El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque ésta
es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los
pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago.
Así ha sido hasta ahora. Y éstas son las
consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que
me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que
yo interceda por ellos para con Dios. ¿Pero qué han
logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la
purificación de sus almas? Y para qué purifican su
alma, si en el último momento . . . Todavía tengo
frente a mis ojos la mirada de María Dyada, que vino a
pedirme salvara a su hermana Eduviges:
"-Ella sirvió siempre a sus semejantes. Les dio
todo lo que tuvo. Hasta les dio un hijo, a todos. Y se
los puso enfrente para que alguien lo reconociera como
suyo; pero nadie lo quiso hacer. Entonces les dijo: En
ese caso yo soy también su padre, aunque por casualidad
haya sido su madre. Abusaron de su hospitalidad por esa
bondad suya de no querer ofenderlos ni de malquistarse
con ninguno.
"-Pero ella se suicidó. Obró contra la mano de
Dios.
"-No le quedaba otro camino. Se resolvió a eso
también por bondad.
"-Falló a última hora -eso es lo que le dije-.
En el último momento. ¡Tantos bienes acumulados para
su salvación, y perderlos así de pronto!
"-Pero si no los perdió. Murió con muchos
dolores. Y el dolor . . . Usted nos ha dicho algo acerca
del dolor que ya no recuerdo. Ella se fue por ese dolor.
Murió retorcida por la sangre que la ahogaba. Todavía
veo sus muecas, y sus muecas eran los más tristes
gestos que ha hecho un ser humano.
"-Tal vez rezando mucho.
"-Vamos rezando mucho, padre.
"-Digo tal vez, si acaso, con las misas
gregorianas, pero para eso necesitamos pedir ayuda,
mandar traer sacerdotes. Y eso cuesta dinero.
"Allí estaba frente a mis ojos la mirada de María
Dyada, una pobre mujer llena de hijos.
"-No tengo dinero. Eso usted lo sabe, padre.
"-Dejemos las cosas como están. Esperemos en
Dios.
"-Sí, padre."
¿Por qué aquella mirada se volvía valiente ante la
resignación? Qué le costaba a él perdonar, cuando era
tan fácil decir una palabra o dos, o cien palabras si
éstas fueran necesarias para salvar el alma. ¿Qué sabía
él del cielo y del infierno? Y sin embargo, él,
perdido en un pueblo sin nombre, sabía los que habían
merecido el cielo. Había un catálogo. Comenzó a
recorrer los santos del panteón católico comenzando
por los del día: "Santa Nunilona, virgen y mártir;
Anercio, obispo; Santas Salomé, viuda, Alodia o Elodia
y Nulina, vírgenes; Córdula y Donato." Y siguió.
Ya iba siendo dominado por el sueño cuando se sentó en
la cama: "Estoy repasando una hilera de santos como
si estuviera viendo saltar cabras."
Salió fuera y miró el cielo. Llovía estrellas.
Lamentó aquello porque hubiera querido ver un cielo
quieto. Oyó el canto de los gallos. Sintió la
envoltura de la noche cubriendo la tierra. La tierra,
"este valle de lágrimas".
-Más te vale, hijo. Más te vale -me dijo Eduviges
Dyada.
Ya estaba alta la noche. La lámpara que ardía en un
rincón comenzó a languidecer; luego parpadeó y terminó
apagándose.
Sentí que la mujer se levantaba y pensé que iría
por una nueva luz. Oí sus pasos cada vez más lejos. Me
quedé esperando.
Pasado un rato y al ver que no volvía, me levanté yo
también. Fui caminando a pasos cortos, tentaleando en
la oscuridad, hasta que llegué a mi cuarto. Allí me
senté en el suelo a esperar el sueño.
Dormí a pausas.
En una de esas pausas fue cuando oí el grito. Era un
grito arrastrado, como el alarido de algún borracho:
"¡Ay vida, no me mereces!"
Me enderecé de prisa porque casi lo oí junto a mis
orejas; pudo haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí
untado a las paredes de mi cuarto. Al despertar, todo
estaba en silencio; sólo el caer de la polilla y el
rumor del silencio.
No, no era posible calcular la hondura del silencio
que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera
vaciado de su aire. Ningún sonido; ni el del resuello,
ni el del latir del corazón; como si se detuviera el
mismo ruido de la conciencia. Y cuando terminó la pausa
y volví a tranquilizarme, retornó el grito y se siguió
oyendo por un largo rato: "¡Déjenme aunque sea el
derecho de pataleo que tienen los ahorcados !"
Entonces abrieron de par en par la puerta.
-¿Es usted, doña Eduviges? -pregunté-. ¿Qué es lo
que está sucediendo? ¿Tuvo usted miedo?
-No me llamo Eduviges. Soy Damiana. Supe que estabas
aquí y vine a verte. Quiero invitarte a dormir a mi
casa. Allí tendrás donde descansar.
-¿Damiana Cisneros? ¿No es usted de las que vivieron
en la Media Luna?
-Allá vivo. Por eso he tardado en venir.
-Mi madre me habló de una tal Damiana que me había
cuidado cuando nací. ¿De modo que usted . . .?
-Si yo soy. Te conozco desde que abriste los ojos.
-Iré con usted. Aquí no me han dejado en paz los
gritos. ¿No oyó lo que estaba pasando? Como que
estaban asesinando a alguien. ¿No acaba usted de oír?
-Tal vez sea algún eco que está aquí encerrado. En
este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho
tiempo. Luego condenaron la puerta, hasta que él se
secara; para que su cuerpo no encontrara reposo. No sé
cómo has podido entrar, cuando no existe llave para
abrir esta puerta.
-Fue doña Eduviges quien abrió. Me dijo que era el
único cuarto que tenía disponible.
-¿Eduviges Dyada?
-Ella.
-Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía.
"Fulgor Sedano, hombre de 54 años, soltero, de
oficio administrador, apto para entablar y seguir
pleitos, por poder y por mi propio derecho, reclamo y
alego lo siguiente . . ."
Eso había dicho cuando levantó el acta contra actos
de Toribio Aldrete. Y terminó: "Que conste mi
acusación por usufruto."
-A usted ni quien le quite lo hombre, don Fulgor. Sé
que usted las puede. Y no por el poder que tiene atrás,
sino por usted mismo.
Se acordaba. Fue lo primero que le dijo el Aldrete,
después que se habían estado emborrachando juntos,
dizque para celebrar el acta:
-Con ese papel nos vamos a limpiar usted y yo, don
Fulgor, porque no va a servir para otra cosa. Y eso
usted lo sabe. En fin, por lo que a usted respecta, ya
cumplió con lo que le mandaron, y a mí me quitó de
apuraciones; porque me tenía usted preocupado, lo que
sea de cada quien. Ahora ya sé de qué se trata y me da
risa. Dizque "usufruto". Vergüenza debía
darle a su patrón ser tan ignorante.
Se acordaba. Estaban en la fonda de Eduviges. Y hasta
él le había preguntado:
-Oye, Viges, ¿me puedes prestar el cuarto del rincón?
-Los que usted quiera, don Fulgor ; si quiere, ocúpelos
todos. ¿Se van a quedar a dormir aquí sus hombres?
-No, nada más uno. Despreocúpate de nosotros y vete
a dormir. Nomás déjanos la llave.
-Pues ya le digo, don Fulgor -le dijo Toribio
Aldrete-. A usted ni quien le menoscabe lo hombre que
es; pero me lleva la rejodida con ese hijo de la
rechintola de su patrón.
Se acordaba. Fue lo último que le oyó decir en sus
cinco sentidos. Después se había comportado como un
collón, dando de gritos. "Dizque la fuerza que yo
tenía atrás. ¡Vaya!"
Tocó con el mango del chicote la puerta de la casa de
Pedro Páramo. Pensó en la primera vez que lo había
hecho, dos semanas atrás. Esperó un buen rato del
mismo modo que tuvo que esperar aquella vez. Miró también,
como lo hizo la otra vez, el moño negro que colgaba del
dintel de la puerta. Pero no comentó consigo mismo:
"¡Vaya! Los han encimado. El primero está ya
descolorido, el último relumbra como si fuera de seda;
aunque no es más que un trapo teñido".
La primera vez se estuvo esperando hasta llenarse con
la idea de que quizá la casa estuviera deshabitada. Y
ya se iba cuando apareció la figura de Pedro Páramo.
-Pasa, Fulgor.
Era la segunda ocasión que se veían. La primera,
nada más él lo vio; porque el Pedrito estaba recién
nacido. Y ésta. Casi se podía decir que era la primera
vez. Y le resultó que le hablaba como a un igual. ¡Vaya!
Lo siguió a grandes trancos, chicoteándose las
piernas: "Sabrá pronto que yo soy el que sabe. Lo
sabrá. Y a lo que vengo."
-Siéntate, Fulgor. Aquí hablaremos con más calma.
Estaban en el corral. Pedro Páramo se arrellanó en
un pesebre y esperó:
-¿Por qué no te sientas?
-Prefiero estar de pie, Pedro.
-Como tú quieras. Pero no se te olvide el
"don."
¿Quién era aquel muchacho para hablarle así? Ni su
padre, don Lucas Páramo, se había atrevido a hacerlo.
Y de pronto éste, que jamás se había parado en la
Media Luna, ni conocía de oídas el trabajo, le hablaba
como a un gañán. ¡Vaya, pues!
-¿Cómo anda aquello?
Sintió que llegaba su oportunidad. "Ahora me
toca a mí", pensó.
-Mal. No queda nada. Hemos vendido el último ganado.
Comenzó a sacar los papeles para informarle a cuánto
ascendía todavía el adeudo. Y ya iba a decir:
"Debemos tanto", cuando oyó:
-¿A quién le debemos? No me importa cuánto, sino a
quién.
Le repasó una lista de nombres. Y terminó:
-No hay de dónde sacar para pagar. Ése es el asunto.
-¿Y por qué?
-Porque la familia de usted lo absorbió todo. Pedían
y pedían, sin devolver nada. Eso se paga caro. Ya lo
decía yo: "A la larga acabarán con todo".
Bueno, pues acabaron. Aunque hay por allí quien se
interese en comprar los terrenos. Y pagan bien. Se podrían
cubrir las libranzas pendientes y todavía quedaría
algo; aunque, eso sí, algo mermado.
-¿No serás tú?
-¡Cómo se pone a creer que yo!
-Yo creo hasta el bendito. Mañana comenzaremos a
arreglar nuestros asuntos. Empezaremos por las
Preciados. ¿Dices que a ellas les debemos más?
-Sí. Y a las que les hemos pagado menos. El padre de
usted siempre las pospuso para lo último. Tengo
entendido que una de ellas, Matilde, se fue a vivir a la
ciudad. No sé si a Guadalajara o a Colima. y Lola,
quiero decir, doña Dolores, ha quedado como dueña de
todo. Usted sabe: el rancho de Enmedio. Y es a ella a la
que le tenemos que pagar.
-Mañana vas a pedir la mano de Lola.
-Pero cómo quiere usted que me quiera, si ya estoy
viejo
-La pedirás para mí. Después de todo tiene alguna
gracia. Le dirás que estoy muy enamorado de ella. Y que
si lo tiene a bien. De pasada, dile al padre Rentería
que nos arregle el trato. ¿Con cuánto dinero cuentas?
-Con ninguno, don Pedro
-Pues prométeselo. Dile que en teniendo se le pagará.
Casi estoy seguro de que no pondrá dificultades. Haz
eso mañana mismo.
-¿Y lo del Aldrete?
-¿Qué se trae el Aldrete? Tú me mencionaste a las
Preciados y a los Fregosos y a los Guzmanes. ¿Con qué
sale ahora el Aldrete?
-Cuestión de límites. Él ya mandó cercar y ahora
pide que echemos el lienzo que falta para hacer la
división.
-Eso déjalo para después. No te preocupen los
lienzos. No habrá lienzos. La tierra no tiene
divisiones. Piénsalo, Fulgor, aunque no se lo des a
entender. Arregla por de pronto lo de la Lola. ¿No
quieres sentarte?
-Me sentaré, don Pedro. Palabra que me está gustando
tratar con usted.
Le dirás a la Lola esto y lo otro y que la quiero.
Eso es importante. De cierto, Sedano, la quiero. Por sus
ojos ¿sabes? Eso harás mañana tempranito. Te reduzco
tu tarea de administrador. Olvídate de la Media Luna.
"¿De dónde diablos habrá sacado esas mañas el
muchacho? -pensó Fulgor Sedano mientras regresaba a la
Media Luna-. Yo no esperaba de él nada. 'Es un inútil',
decía de él mi difunto patrón don Lucas. Un flojo de
marca. Yo le daba la razón. 'Cuando me muera váyase
buscando otro trabajo, Fulgor'. 'Sí, don Lucas'. 'Con
decirle, Fulgor, que he intentado mandarlo al seminario
para ver si al menos eso le da para comer y mantener a
su madre cuando yo les falte; pero ni a eso se decide'.
'Usted no se merece eso, don Lucas.' 'No se cuenta con
él para nada, ni para que me sirva de bordón servirá
cuando yo esté viejo. Se me malogró, qué quiere
usted, Fulgor'. 'Es una verdadera lástima, don
Lucas.'"
Y ahora esto. De no haber sido porque estaba tan
encariñado con la Media Luna, ni lo hubiera venido a
ver. Se habría largado sin avisarle. Pero le tenía
aprecio a aquella tierra; a esas lomas pelonas tan
trabajadas y que todavía seguían aguantando el surco,
dando cada vez más de sí . . . La querida Media Luna .
. . Y sus agregados:"Vente para acá tierrita en En
medio." La veía venir. Como que aquí estaba ya.
Lo que significa una mujer después de todo. "¡Vaya
que sí!" dijo. Y chicoteó sus piernas al
trasponer la puerta grande de la hacienda.
Fue muy fácil encampanarse a la Dolores. Si hasta le
relumbraron los ojos y se le descompuso la cara.
-Perdóneme que me ponga colorada, don Fulgor. No creí
que don Pedro se fijara en mí.
-No duerme, pensando en usted.
-Pero si él tiene de dónde escoger. Abundan tantas
muchachas bonitas en Comala. ¿Qué dirán ellas cuando
lo sepan?
-Él sólo piensa en usted, Dolores. De ahí en más,
en nadie.
-Me hace usted que me den escalofríos, don Fulgor. Ni
siquiera me lo imaginaba.
-Es que es un hombre tan reservado. Don Lucas Páramo,
que en paz descanse, le llegó a decir que usted no era
digna de él. Y se calló la boca por pura obediencia.
Ahora que él ya no existe, no hay ningún impedimento.
Fue su primera decisión, aunque yo había tardado en
cumplirla por mis muchos quehaceres. Pongamos por fecha
de la boda pasado mañana. ¿Qué opina usted?
-¿No es muy pronto? No tengo nada preparado. Necesito
encargar los ajuares. Le escribiré a mi hermana. O no,
mejor le voy a mandar un propio pero de cualquier manera
no estaré lista antes del ocho de abril. Hoy estamos a
uno. Si, apenas para el ocho. Dígale que espere unos
diyitas.
-Él quisiera que fuera ahora mismo. Si es por los
ajuares, nosotros se los proporcionamos. La difunta
madre de don Pedro espera que usted vista sus ropas. En
la familia existe esa costumbre.
-Pero además hay algo para estos días. Cosas de
mujeres, sabe usted. ¡Oh!, cuánta vergüenza me da
decirle esto, don Fulgor. Me hace usted que se me vayan
los colores. Me toca la luna ¡oh!, qué vergüenza.
-¿Y qué?; El matrimonio no es asunto de si haya o no
luna. Es cosa de quererse. Y, en habiendo esto, todo lo
demás sale sobrando.
-Pero es que usted no me entiende, don Fulgor.
-Entiendo. La boda será pasado mañana.
Y la dejó con los brazos extendidos pidiendo ocho días,
nada más ocho días.
"Que no se me olvide decirle a Don Pedro -¡vaya
muchacho listo ese Pedro!- decirle que no se le olvide
decirle al juez que los bienes son mancomunados.
'Acuerdate, Fulgor, de decírselo mañana mismo'".
La Dolores, en cambio, corrió a la cocina con un
aguamanil para poner agua caliente: "Voy a hacer
que esto baje más pronto. Que baje esta misma noche.
Pero de todas maneras me durará mis tres días. No
tendrá remedio. ¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!
Gracias, Dios mío por darme a don Pedro." Y añadió:
"Aunque después me aborrezca."
-Ya está pedida y muy de acuerdo. El padre cura
quiere sesenta pesos por pasar por alto lo de las
amonestaciones. Le dije que se le darían a su debido
tiempo. Él dice que le hace falta componer el altar y
que la mesa de su comedor está toda desconchinflada. Le
prometí que le mandaríamos una mesa nueva . Dice que
usted nunca va a misa. Le prometí que iría. Y que
desde que murió su abuela ya no le han dado los
diezmos. Le dije que no se preocupara. Está conforme.
-¿No le pediste algo adelantado a Dolores?
-No, patrón. No me atreví. Ésa es la verdad. Estaba
tan contenta que no quise estropearle su entusiasmo.
-Eres un niño.
"¡Vaya! Yo un niño. Con 55 años encima. Él
apenas comenzando a vivir y yo a pocos pasos de la
muerte"
-No quise quebrarle su contento.
-A pesar de todo, eres un niño.
-Está bien patrón.
-La semana que entra irás con el Aldrete. Y le dices
que recorra el lienzo. Ha invadido tierras de la Media
Luna.
-Él hizo bien sus mediciones. A mí me consta.
-Pues dile que se equivocó. Que estuvo mal calculado.
Derrumba los lienzos si es preciso.
-¿Y las leyes?
-¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante
la vamos a hacer nosotros. ¿Tienes trabajando en la
Media Luna a algún atravesado?
-Sí, hay uno que otro.
-Pues mándalos con el primer Aldrete. Le levantas un
acta acusándolo de "usufructo" o de lo que a
ti se te ocurra. Y recuérdale que Lucas Páramo ya murió.
Que conmigo hay que hacer nuevos tratos.
El cielo era todavía azul. Había pocas nubes. El
aire soplaba allá arriba, aunque aquí abajo se convertía
en calor.
Tocó nuevamente con el mango del chicote, nada más
por insistir, ya que sabía que no abrirían hasta que
le se antojara a Pedro Páramo. Dijo mirando hacia el
dintel de la puerta: "Se ven bonitos esos moños
negros, lo que sea de cada quien".
En ese momento abrieron y él entró.
-Pasa, Fulgor. ¿Está arreglado el asunto de Toribio
Aldrete?
-Está liquidado, patrón.
Nos queda la cuestión de los Fregosos. Deja eso
pendiente. Ahorita estoy muy ocupado con mi "luna
de miel".
-Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que
estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o
debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te
van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas
ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya
desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará
el día en que estos sonidos se apaguen.
Eso me venía diciendo Damiana Cisneros mientras cruzábamos
el pueblo.
-Hubo un tiempo en el que estuve oyendo durante muchas
noches el rumor de una fiesta. Me llegaban los ruidos
hasta la Media Luna. Me acerqué para ver el mitote
aquel y vi esto: lo que estamos viendo ahora. Nada.
Nadie. Las calles tan solas como ahora.
¨Luego dejé de oírla. Y es que la alegría cansa.
Por eso no me extrañó que aquello terminara.
¨Sí -volvió a decir Damiana Cisneros-. Este puelo
está lleno de ecos. Yo ya no me espanto. Oigo el
aullido de los perros y dejo que aúllen. Y en días de
aire se ve al viento arrastrando hojas de árboles,
cuando aquí, como tú ves no hay árboles. Los hubo en
algún tiempo, porque si no ¿De dónde saldrían esas
hojas?"
"Y lo peor de todo es cuando oyes platicar a la
gente, como si las voces salieran de alguna hendidura y,
sin embargo, tan claras que las reconoces. Ni más ni
menos, ahora que venía, encontré un velorio. Me detuve
a rezar un Padrenuestro. En esto estaba, cuando una
mujer se apartó de las demás y vino a decirme:
"-¡Damiana! ¡Ruega a Dios por mí, ¡Damiana!
"Soltó el rebozo y reconocí la cara de mi
hermana Sixtina.
"¿Qué andas haciendo aquí? - le pregunté.
"Entonces ella corrió a esconderse entre las demás
mujeres.
"Mi hermana Sixtina, por si no lo sabes, murió
cuando yo tení doce años. Era la mayor.Y en mi casa
fuimos dieciséis de familia, así que hazte el cálculo
del tiempo que lleva muerta. Y mírala ahora, todavía
vagando por este mundo. Así, que no te asustes si oyes
ecos más recientes Juan Preciado".
-¿También usted le aviso a mi padre que yo vendría?
-le pregunté.
-No. Y a propósito, ¿qué es de tu madre?
-Murió-dije.
-¿Ya murió? ¿Y de qué?
-No supe de qué. Tal Vez de tristeza. Suspiraba
mucho.
-Eso es lo malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida
del que uno se deshace. ¿De modo que murió?
-Sí. Quizá usted debió saberlo.
-¿ Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no
sé nada.
-Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?
-. . .
¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!
Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías.
Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando
asomar las varas correosas de la yerba. Bardas
descarapeladas que mostraban sus adobes revenidos.
-¡Damiana! -grité-. ¡Damiana Cisneros!
Me contestó el eco:"¡. . .ana. . . neros. . .!
¡. . .ana. . . neros!"
Oí que ladraban los perros, como si yo los hubiera
despertado.
Vi un hombre cruzar la calle:
-¡Ey, tú! -llamé.
-¡Ey, tú! -me respondió mi propia voz.
Y como si estuvieran a la vuelta de la esquina, alcancé
a oír a unas mujeres que platicaban.
-Mira quién viene por allí. ¿No es Filoteo Aréchiga?
-Es él. Pon cara de disimulo.
-Mejor vámonos. Si se va detrás de nosotras es que
de verdad quiere a una de las dos: ¿A quién crees tú
que sigue?
-Seguramente a ti.
-A mi se me figura que a ti.
-Deja ya de correr. Se ha quedado parado en aquella
esquina.
-Entonces a una de las dos, ¿ya ves?
-Pero qué tal si hubiera resultado que a ti o a mí.
¿Qué tal?
-No te hagas ilusiones.
-Después de todo estuvo hasta mejor. Dicen por ahí
los díceres que es él que se encarga de conchavarle
muchachas a don Pedro. De la que nos escapamos.
-¿Ah sí? Con ese viejo no quiero tener nada que ver.
-Mejor vámonos.
-Dices bien. Vámonos de aquí.
La noche. Mucho más allá de la medianoche. Y las
voces:
-. . . Te digo que si el maíz de este año se da
bien, tendré con qué pagarte. Ahora que si me echa a
perder, pues te aguantas.
-No te exijo. Ya sabes que he sido consecuente
contigo. Pero la tierra no es tuya. Te has puesto a
trabajar en terreno ajeno. ¿ De dónde vas a conseguir
para pagarme?
-¿Y quién dice que la tierra no es mía?
-Se afirma que se les ha vendido a Pedro Páramo.
-Yo ni me le he acercado a ese señor. La tierra sigue
siendo mía.
-Eso dices tú. Pero por ahí dicen que todo es de él.
-Que no me lo vengan a decir a mí.
-Mira, Galileo, yo a ti, aquí en confianza, te
aprecio. Por algo eres el marido de mi hermana. Y de que
la tratas bien, ni quien lo dude. Pero a mí no me vas a
negar que vendiste las tierras.
-Te digo que a nadie se las he vendido.
-Pues son de Pedro Páramo. Seguramente él así lo ha
dispuesto. ¿ No te ha venido a ver don Fulgor?
-No
-Seguramente mañana lo verás venir. Y si no mañana,
cualquier otro día.
-Pues me mata o se muere; pero no se saldrá con la
suya.
-Requiescat in paz, amén, cuñado. Por si las dudas.
-Me volverás a ver, ya lo verás. Por mí no tengas
cuidado. Por algo mi madre me curtió bien el pellejo
para que se me pusiera correoso.
-Entonces hasta mañana. Dile a Felícitas que esta
noche no voy a cenar. No me gustaría contar después:
"Yo estuve con él la víspera."
-Te guardaremos algo por si te animas a última hora.
Se oyó el trastazo de los pasos que se iban entre un
ruido de espuelas.
- . . . Mañana, en amaneciendo, te irás conmigo,
Chona. Ya tengo aparejadas las bestias.
-¿ Y si mi padre se muere de rabia? Con lo viejo que
está . . . Nunca me perdonaría que por mi causa le
pasara algo. Soy la única gente que tiene para hacerle
hacer sus necesidades. Y no hay nadie más. ¿Qué prisa
corres para robarme? Aguántate un poquito. Él no
tardará en morirse.
-Lo mismo me dijiste hace un año. Y hasta me echaste
en cara mi falta de arriesgue, ya que tú estabas, según
eso, harta de todo. He aprontado las mulas y están
listas. ¿ Te vas conmigo?
-Déjamelo pensar
-¡ Chona! No sabes cuánto me gustas. Yo no puedo
aguantar las ganas, Chona. Así que te vas conmigo o te
vas conmigo.
-Déjamelo pensar. Entiende. Tenemos que esperar a que
él muera. Le falta poquito. Entonces me iré contigo y
no necesitarás robarme.
-Eso me dijiste también hace un año.
-¿ Y qué?
-Pues que he tenido que alquilar las mulas. Ya las
tengo. Nomás te están esperando. ¡Deja que él se las
avenga solo! Tú estás bonita. Eres joven. No faltará
cualquier vieja que venga a cuidarlo. Aquí sobran almas
caritativas.
-No puedo
-Que sí puedes
-No puedo. Me da pena, ¿ sabes? Por algo es mi padre.
-Entonces ni hablar. Iré a ver a la Juliana, que se
desvive por mí.
-Está bien. Yo no te digo nada.
-¿ No me quieres ver mañana?
-No. No quiero verte más.